Por encima de los desgastados adoquines y chinas pelonas de la eterna calle Empedrado, unos zapatos usados y maltratados por el continuo andar, se arrastran en dirección a la bahía.
Dentro, mis pies, gracias a sabe Dios qué mecanismo, casi sin deseo alguno tratan de poner prisa en la marcha, para llegar a tiempo al sitio donde día tras día canto por 6 horas para obtener a cambio uno que otro dólar de propina que me permita alimentarme a mi y a mi pequeña familia, integrada por mi esposa y el más pequeño de mis hijos.
Es verano y la temperatura de 35 grados a las 10 de la mañana, hace sus estragos en mi cuerpo, que con la humedad relativa al 95 por ciento, esta a punto de derretirse, la calle desprende un vaho caliente que asfixia.
Alrededor pasan como vistas fijas, las mismas escenas de siempre. El bodeguero de la esquina parado detrás del mostrador sin hacer nada, con cara de aburrimiento y los estantes de la bodega completamente vacíos, cuatro niños en la esquina juegan con una pelota de tenis gastada, un señor muy canoso con las ropas raídas y todo manchado de grasa, sale de debajo de un destartalado chevrolet del año 1952 aparcado en la estrecha calle y le grita a una escolar uniformada que no llega a los 15 años pero tiene ya un cuerpo de mas edad, que pasa por la acera: - Niñaaaaa!!!! Ahí si hay!!!!
Mas adelante en la carnicería, un enjambre de personas en desorganizada fila, gritan y se encolerizan, con bolsas vacías en sus manos clamando por los huevos de la cuota del mes que acaban de llegar y son 6 por persona los cuales, el carnicero, único y omnipotente empleado, debe repartir y vender a cada persona que le muestre su libreta de abastecimientos con la cantidad de componentes del núcleo familiar.
Luego la escuela primaria, donde el fragor de los mas de 150 niños que se encuentran en receso a esa hora se confunde con el sonido de los tubos de escape de autos y motos por entre las estrechas calles, llenas de agua de lluvia mezclada con las aguas albañales y desperdicios engendrados por los edificios circundantes, cuajados de ropas viejas y sabanas desgastadas y grises colgadas en los balcones.
De pronto, la calle entra en un abrir y cerrar de ojos en un cambio total, y es que acabo de entrar en la parte turística de la Habana Vieja, cuya frontera por esta calle la marca la Bodeguita del Medio, primer sitio de interés turístico por esta vía.
El andar se me hace muy incomodo, pues la calle conserva aun la forma irregular en su empedradura colonial, con piedras separadas y deformes que no dejan pisar con aplomo y provocan traspiés a cada pisada. Casi al caer de bruces, salgo a la espaciosa Plaza de la Catedral, que a esa hora es un hervidero de turistas.
Sigo por frente a la majestuosa y añeja iglesia, y salgo a la explanada frente al restaurante Don Giovanni, llena de sombrillas sillas y mesas, igualmente de músicos y el resto de los personajes, ya vistos anteriormente, a los que se agregan los pescadores con uno que otro bote de madera varado en la calle y en pleno mantenimiento, rodeado de curtidos y desaliñados hombres que a pesar de estar dentro de esta contrastante imagen, parecen estar ajenos a todo lo que les rodea, a excepción del momento en que pasa alguna hermosa mujer, momento en el cual, las labores se detienen, las cabezas se ladean, las vistas siguen a la hembra y luego, sin decir palabra, continua la rutina.
Una mesa de dominó rodeada de curiosos con cuatro hombres jugando me hace detenerme, sentado y prestando mucha atención al juego, un hombre de 74 años flaco, arrugado y con una gorra de béisbol grita: - Arriba, que perdieron, me toca a mi ahora!!!!
Es mi padre, me detengo un instante y le toco suavemente el hombro por detrás, se vira y pone cara de alegría, me dice:- Dime mi hijito!!! Y se me encima para darme un beso en la mejilla, al que respondo con el mismo gesto de cariño y diciendo: que volá papi!, estoy apuradisimo, casi llego tarde!!! Después te veo!!
Aprieto el paso, tengo solo dos minutos para no llegar tarde y aun faltan 300 metros para llegar.
Llego a la Plaza de Armas, o mejor dicho, al parque llamado Plaza de Armas, porque en realidad los cubanos no sabemos donde es que está la Plaza, pues allí no se ve ninguna cosa con esas características. Vaya que de Plaza no tiene nada!!!!.
A mi derecha el Palacio del Segundo Cabo, majestuosa casa hecha en 1772, con características militares, gracias al arquitecto que lo diseñó, sólida construcción que parece que soportará el paso de los tiempos de manera infinita.
Menos de 100 metros más y he llegado a mi destino, el Restaurante La Mina, donde diariamente, trato de sobrevivir en este caos, obteniendo dinero en moneda libremente convertible, que es la única con el valor necesario para poder entrar en las tiendas de recaudación de divisas que el gobierno ha preparado para vender todos los productos que se necesitan para vivir, pero solamente al que tenga en su poder dicha moneda.
En mi caso, yo, que era cantante profesional desde 1980 y había actuado en los mejores
Cabarets de la Habana, en casi toda Cuba y en más de 15 diferentes países, televisión, radio, y hasta cine, ahora tenía que cantar en un restaurante, sin amplificación, y además
por un sueldo irrisorio de 20 dólares al mes. Era el resultado del derrumbamiento del comunismo en Europa y del aislamiento económico al que quedaba sometida la Isla después de desaparecer la “ayuda” de los países socialistas.
La ventaja era que le pedíamos a los turistas, que nos dieran propinas, y además les vendíamos discos grabados por nosotros mismos, que aunque no tenían la calidad requerida, cuando se les sacaba el gasto de su manufactura dejaban algún dividendo para repartir entre los músicos del grupo, que éramos 7.
Esto, en dependencia de la gestión que hiciéramos, que por demás también era perseguida por el gobierno, el cual no quería que los músicos pidieran dinero al turista,
representaba ganarse diariamente entre uno y 20 dólares cada uno, aunque el promedio
oscilaba entre los 7 y 8 dólares cada día cuando la temporada estaba alta.
El grupo por demás, era relativamente bueno en su conjunto, pero tenía un problema muy grande, para mi modesto ver era la dirección del mismo, formada por un binomio
de cuidado, como diría mi abuela.
Por un lado un “Director General” que en realidad no hacía otra cosa que intentar resolver trabajo, pero que a la hora de tocar la guitarra, bien poco podía hacer.
Por el otro un director musical, que intentaba hacer arreglos y adaptaciones musicales para el grupo y que no tenía malas ideas, pero le faltaba el tema de la armonización contemporánea, y en ocasiones no armonizaba bien ni tradicionalmente (tónica y dominante), padeciendo además de un desequilibrio mental avanzado, no sé si debido a soplar la flauta durante horas y horas diariamente por más de 5 o 6 años, lo que quizás le produjera falta de oxigenación en la sangre y por supuesto en el cerebro.
Pero además estos dos personajes, jóvenes, tenían un concepto militarista de la cuestión “agrupación musical” y se consideraban, como una casta aparte en un grupo
donde solamente estaban ellos y cinco músicos más.
En realidad, los otros cinco estábamos en el grupo por necesidad, ya que no era fácil encontrar trabajo en la música en Cuba donde se ganara dinero en divisas aunque fuera poco y además donde de vez en cuando salieras al extranjero de gira.
Llegué sin aliento al lugar, por suerte un minuto exacto antes de las once de la mañana,
Hora señalada para comenzar el primer pase de 30 minutos, por suerte para mi, pues según la ley del tristemente célebre “binomio” directivo del grupo, el que llegara un minuto después de las once, sufriría ese día el descuento de un dólar de su salario, el cual bien podía ser, como ya hemos dicho, desde uno o ninguno hasta 5, 6 o 7, como promedio.
Imaginarse solamente que después de cantar durante 6 horas, muchas veces sin público, sin micrófono, con un calor infernal, soportando las malacrianzas de todo jefe o trabajador del lugar, mendigando a los turistas una propina o pidiéndoles que compraran nuestros discos piratas y de gastarse mínimo 20 pesos cubanos en transporte para llegar al trabajo, caminar dos kilómetros, etc. encima, si te tocaban dos dólares, te descontaban uno (50%) por llegar uno o dos minutos tarde; te hacía sentir el ser más
Ínfimo y desgraciado del universo conocido.
Así comenzaba el día de trabajo, 30 minutos cantando y 30 descansando, bueno….
descansando entre comillas, pues además, los músicos teníamos prohibido sentarnos
en algún sitio dentro del restaurante, pedir algo de beber, comer algo, en fin, que éramos como personas no gratas en aquel sitio, donde la mayoría de la empleomanía
obtenía grandes ganancias con fraudulentas operaciones en detrimento del turista, el cual muchas veces entraba al lugar porque le gustaba la música que tocábamos, sin que esto les importara para nada a ellos que eran los que mejor se beneficiaban del cliente.
No obstante, cada día ( menos el viernes) ese era el panorama del trabajo que tenia y además debía estar agradecido de haber tenido la suerte de haberlo encontrado.
El grupo constaba de Flauta, Violín, Guitarra, Bongó, Congas, Bajo y un Cantante
Y su repertorio se movía en el plano tradicional, con formato de Charanga, aunque no
Completo.
Mientras comenzamos a tocar, casi de manera automática como todos los días, bajo el toldo de la terraza del Restaurante “La Mina” en un pequeño espacio entre las dos puertas que dan acceso a la barra y frente a las mas o menos 20 mesas que llenan el lugar; el sol comienza su marcha inexorable rumbo al cenit y el calor va en aumento.
En la calle, frente a nuestra vista la gente en su ir y venir, turistas con sus cámaras de fotos, viejitos jubilados revendiendo periódicos que compran por 20 céntimos y venden por un dólar, mujeres vendiendo flores a los hombres mayores que van con mujeres mucho más jóvenes que ellos, las que abundan, pues este tipo de pareja (turista viejo con jinetera joven cubana) es la más frecuente por estos lugares, músicos ambulantes que persiguen al extranjero entonando la guantanamera incansablemente con una guitarra hasta que este se mete la mano al bolsillo y le da un dólar, provocando un cambio de rumbo del músico, el cual se prende inmediatamente de otro turista que cruce y continúa cantando la misma canción, cubanos mal vestidos y famélicos, que se detienen a ver como personas de otros lugares con más suerte quizás, se comen un pollo asado a las 12 del mediodía con patatas fritas acompañado de una cerveza, y acompañan cada bocado del turista con una mirada anhelante y triste.
Dentro de esta vorágine de gente, además del ruido ambiental, el sonido de nuestra estridente música, sumado al de otros grupos musicales por los alrededores, más de vez en cuando uno que otro grito de alguien o algún altavoz con música grabada en otro restaurante, mi voz tenía que escucharse, y escucharse bien, o de lo contrario, corría el riesgo de que me sacaran del grupo y trajeran a otro con mayores cualidades vocales, así que cantaba diariamente a grito vivo, dándole más importancia al volumen que a lo melodioso.
Después de cantar unas 6 o 7 canciones, a veces me tocaba pasar el cepillo, cuando no venía o faltaba el conguero, Walter, que era el que tenía la cara más dura de todos nosotros para hacer esto.
Hoy me ha tocado a mi hacerlo, y mientras el grupo toca una canción instrumental, voy mesa por mesa con una pequeña cesta con discos y ofrezco a los clientes los mismos, algunos se interesan y les digo el precio, otros no quieren comprar y entonces les señalo con el dedo para la cesta, y ahí es donde viene la parte peor, pues cuando el interpelado
Se mete la mano en el bolsillo, solo hay que darle las gracias, pero muchos te ponen mala cara y te dicen que no, cosa que te da un corte tremendo.
Después de ir a todas las mesas y recoger propinas y dinero de los discos, terminaban los primeros 30 minutos de actuación, entonces según la ley del binomio directivo, había que entregarle el dinero al director general en su mano, sin contarlo ni decirle a ninguno de los compañeros cuanto habías recaudado.
Al final, después de haber hecho esto 6 veces en el día, los dos que nos dirigían
Se iban al parque de la Plaza de Armas bien lejos, sacaban sus cuentas y nos daban el dinero a cada uno, sabiendo solamente ellos lo que había que repartir o no, lo que había que guardar o lo que había que pagar al que hacía los discos.
Todo esto se hacía en Plan “espía” o sea, eran operaciones a hurtadillas, ocultas, como algo ilegal, como si estuvieras actuando fuera de la ley, no solamente porque no era completamente legal para el régimen de Cuba hacer esto, sino que había que cuidarse de los ladrones que pululaban por esta zona y sabían que se estaba trasegando con divisas.
En fin que después de terminar con mí “trabajo” del día me llevo 4 dólares a casa.
La garganta me duele de gritar, las piernas no me dan más, huelo mal de tanto sudor uno encima de otro de todo el día, tengo un hambre y una sed que me torturan y a mi alrededor por toda la calle del Obispo para arriba hacia el Capitolio, muchísimos turistas van tomando helado, tomando cervezas, refrescos etc.
Debo caminar hasta el parque de la fraternidad donde puedo tomar un coche de alquiler
(Almendrón, que es como les llamamos a los coches de los años 50 que conducidos por particulares hacen las veces de taxi, por 10 pesos cubanos el viaje por una ruta fija).
Llego al parque y me pongo en la cola, por fin me toca montarme en el asiento delantero de un Ford del 54, todo despintado y abollado.
Voy con el codo en la ventanilla, sin cinturón, a mi lado un señor como de 70 años, de piel negra y muy afable, después el chofer, Un recio negro como de dos metros de estatura con una gruesa cadena de oro, en camiseta.
Detrás en el asiento continuo tres jóvenes treitañeros, apiñados unos contra otros venían tarareando la canción que sonaba estridentemente en el CD Player del cacharro aquel:
Welcom to the hotel California, el de la calle Crespo, Betwen, San Lázaro y Colón!!!!
El coro sonaba y uno de los pasajeros de atrás preguntó al de su lado:
_ Oye asere; que es lo que dice el coro después de la calle Crespo??
A lo que le respondió su compañero:
Consorte!! Tú no entiendes nada, Dice el de la calle Crespo BISCUI, San Lázaro y Colón, Asere tu estas sordo!!!!
Me contuve para no echar una carcajada, lo que me podía costar una buena entrada de golpes, e hice un esfuerzo para aislarme mentalmente del entorno, hasta que pasaran los 20 minutos que tarda el viaje.
Por fin entre la peste a sudor ligada con petróleo y mal aliento, llegue a la Víbora, que es donde vivo, pagúé mis diez pesos cubanos, baje del destruido y añejo coche y caminé hasta mi casa que esta a unos 200 metros de donde me bajo.
Y por fin termina la Odisea de un día de trabajo, estamos en el año 2001, era este el futuro que soñábamos cuando éramos niños y tratábamos de adivinar qué haríamos de grandes?.....................Creo que no.
Raúl Rafael Fernández, Julio del 2001
miércoles, 21 de julio de 2010
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